Invisibles

Eran las cinco de la mañana y el papá de I.M. regresaba a su casa en Las Condes luego de un largo viaje de negocios a China. “¿Qué aprendiste ayer en el colegio?”, le preguntó al niño, de seis años, despertándolo. Confundido, en medio del sueño, él respondió: “A sumar”. “Dime cuánto es dos más tres”, interrogó entonces el hombre. I.M. sintió un nudo en el estómago. Sabía que algo malo estaba por pasar. “¿Siete?”, dijo dudoso.

Su padre lo agarró del brazo y lo llevó al baño. Dio la llave de la ducha y lo metió con pijama al agua helada. Luego lo sentó en su escritorio. “Te pusiste a estudiar”, ordenó, y le puso al frente un cuaderno en blanco. “Tenía que llenar dos columnas por página: 2+3=5, 2+3=5 y así, en todas las hojas, por ambos lados, hasta llenar el cuaderno”, recuerda hoy el joven, de 28 años.

Desde que tiene memoria, su padre lo sometió a los más diversos maltratos. Los gritos y los insultos eran solo el inicio: “Eres tonto, eres mongólico”, le repetía permanentemente. Luego venían los golpes: a las mesas, a las paredes y, por supuesto, a él y a sus tres hermanas. “Combos, charchazos, palmadas en la nuca, empujones. Me sacaba la cresta”, resume. ¿La primera vez en que lo echó de la casa? Siete años. Finalmente, el abuso sexual, las tocaciones, que toleró hasta bien entrada la adolescencia. No era la única víctima. “Mi papá esperaba que todos se durmieran e iba a meterse a la pieza de mi hermana melliza”, cuenta.

Aquella época marcó para siempre a I.M. “En mi casa no había posibilidad de opinión. Siendo yo de familia judía, y sé que la analogía puede sonar fuerte, era como vivir con Hitler. Mi casa era casi un Auschwitz”.

Entre los profesionales de la salud, la educación, abogados y otros expertos que se desenvuelven en el entorno de familias como la de I.M., y que se dedican a investigar temas de infancia, el relato del joven no genera gran sorpresa. “Me ha tocado ver casos y he sabido de otros, donde me han pedido consejo sicólogos o directores de colegios”, dice el abogado y exdirector del Sename Francisco Estrada.

“Es un fenómeno invisible en la medida en que los padres cuentan con recursos para que el caso no entre nunca al sistema judicial o lo haga solo cuando hay algún tipo de interés para ellos”.

Francisco Estrada , abogado

Según Felipe Lecannelier, sicólogo y doctor en desarrollo infantil, hay, sin duda, una cifra oculta en lo que concierne a vulneraciones de derechos en niños, niñas y adolescentes (NNA) del estrato socioeconómico alto, o ABC1. “Nos encantaría tener más datos, pero, a diferencia de los estratos bajos, donde uno va a los consultorios y puede revisar las fichas, entrevistar a los pacientes, en una clínica privada no nos van a pasar nada y esas familias no querrán ser evaluadas”, explica el investigador de la Universidad de Santiago.

Sin embargo, hay un informe que deja entrever las sutiles diferencias del maltrato entre clases. Data de 2012, fue hecho por Unicef y es el último en su tipo que consideró la variable de estrato social. Mientras que la violencia sicológica llega a un 17,3% en el nivel bajo, sube a un 23,2% en el alto. En contraste, la violencia física grave se presenta en un 27,2% en el nivel bajo y un 24,2% en el alto. El fenómeno es, claramente, transversal.

“Está la imagen de que el pobre es tonto, alcohólico, drogadicto, abusador, maltratador, pero cuando empiezas a ver esos datos por nivel socioeconómico, no encuentras tantas diferencias”, dice Lecannelier, quien en uno de sus últimos estudios descubrió que los niños del estrato más alto y el más bajo presentaban la misma prevalencia de problemas mentales.

"Efectivamente, hay una percepción de que esto no pasa, o pasa muy poco, pero son muchos más casos de los que uno creería”, dice Andrea von Hoveling, ginecóloga infanto- juvenil de la Clínica Santa María y el Hospital El Carmen de Maipú. “Cuando yo comento que me encuentro con casos de abuso sexual, la gente inmediatamente asume que son de mi trabajo en el hospital y tengo que aclararles que no, que son pacientes de la clínica o gente cercana a mí”.

Estimaciones de la Fundación para la Confianza apuntan a que por cada denuncia de abuso sexual, 25 quedan silenciadas. Por esto, José Andrés Murillo, director ejecutivo de la institución, cree que con otros tipos de abuso las cifras deberían ser similares, “o quizás más”, porque no siempre se les entiende como una vulneración de derechos y se pasan por alto.

A pesar de que en nuestra sociedad este fenómeno ha estado asociado, mayoritariamente, a los estratos sociales más bajos, distintas circunstancias han ayudado a que lentamente comience a visibilizarse.

“Sin duda, nos llegan más causas ABC1”, dice la jueza de familia Verónica Ortiz. Su percepción es que el fenómeno tiene relación con la modificación a la ley de tuición compartida.

A esto se suma que, desde mediados de 2017, los jueces de familia han optado progresivamente por asignar curadores ad litem a este tipo de causas, luego de que la corte anulara un juicio de cuidado personal argumentando que en este se debería haber nombrado un curador.

“Al entrar los curadores a esas causas, hace dos años, se dan cuenta de que en esos juicios muchas veces hay un menor que está siendo maltratado por una de las partes, o ambas”, dice Francisco Estrada.

Ester Valenzuela, directora ejecutiva del Centro Iberoamericano de Derechos del Niño (Cideni) y curadora ad litem, ha sido parte de este proceso. Inicialmente, la mayoría de sus causas eran por protección y con menores de muy bajos recursos, pero cada vez más comenzó a toparse con este otro tipo de casos.

En estas causas contenciosas, que son por asuntos como pensión de alimentos, cuidado personal y régimen de visitas, Valenzuela dice que muchas veces se ve “una enorme odiosidad entre los papás y que, en medio de ese conflicto, los niños quedan súper invisibles y vulnerados”.

La abogada Paula Correa, también curadora ad litem, agrega que estos papás tienen abogados “en muchos casos conocidos, muy activos y de un perfil más confrontacional”. Esto generalmente alarga los juicios y hace la tarea del curador de visibilizar y resguardar los derechos del niño mucho más compleja.

A este escenario se suma que los mismos menores son más conscientes de sus derechos. “Esta es una generación que entiende ahora lo que le está ocurriendo, al revés de los adultos que recién ahora comprenden lo que les ocurrió hace años”, dice la siquiatra infanto-juvenil Pilar del Río, quien, además de atender a niños y adolescentes en su consulta particular, asesora a colegios en temas de maltrato y abuso. Pero con este reconocimiento, agrega, viene también una enorme frustración de saberse indefensos frente a estos abusos.

"Tú ves esta familia, todos rubiecitos, de ojos azules, de apellidos que cuesta pronunciar, casa grande, varios autos, buenos colegios, viajes por todo el mundo… ¿Cómo van a ser infelices esos niños? Para mí era todo un disfraz, vivir en esa casa siempre fue un martirio”.

I.M.

Recién a los 16 años, este joven comenzó a entender que la vida que llevaba, que los maltratos que sufría, no era normal. Un día se defendió.

“Regresaba de trabajos sociales del colegio. Tenía que llevar el cuaderno de un compañero para estudiar, para revisar sus apuntes, no lo recuerdo bien”.

- ¿Dónde está el cuaderno de tu compañero?- le preguntó el padre.
- Mi compañero no lo llevó, se le olvidó.
- ¿Y qué te dije yo?
- Que trajera el cuaderno de mi compañero.

Su papá comenzó a gritar. Primero le pegó a la mesa y luego a él. “Me acuerdo de estar sentado, cubriéndome la cabeza. Entonces, la silla tambalea y, cuando viene de vuelta, lo empujo, me lo saco de encima. Él pierde el equilibrio y se pega contra el muro”.

I.M. agarró su billetera y salió corriendo de la casa. Corrió sin parar desde Av. Presidente Riesco, en Las Condes, hasta el Puente Nuevo, en La Dehesa. “Era demasiada la adrenalina. Corrí hasta que ya las piernas no me dieron más y me caí al piso. Llamé a un amigo que vivía en San Carlos de Apoquindo y le pregunté si me podía ir a su casa, sin decir nada. Ni siquiera me acuerdo por dónde me fui, solo que de nuevo corrí, corrí y corrí”.

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